Menos de una semana después de liderar a los Denver Nuggets al primer campeonato de su historia, Nikola Jokic ya está en Serbia. ¿Y qué es lo primero que ha hecho la superestrella de los de Colorado al llegar a su país natal? No salta la sorpresa, ha cumplido su amenaza y se ha ido directo al hipódromo a ver las carreras de sus caballos.

Y es que Jokic es así. Para él, el baloncesto es un simple trabajo; un trabajo que se le da extraordinariamente bien.

Muchos aficionados y analistas se mostraron disconformes con la actitud y las declaraciones del pívot después de las finales, poniendo en duda su profesionalidad: no mostraba apenas efusividad al celebrar el título, perdía el trofeo de mejor jugador de la eliminatoria y pretendía escaquearse del desfile de celebración.

Pero la realidad es que esto no debería sorprendernos. Es la primera vez que el serbio recibe tanta atención fuera de la pista en toda su carrera, pero siempre ha mostrado una imagen de desgana y poca expresividad tanto dentro como fuera de la pista.

Esto no quiere decir que no sea profesional o que juegue con poca intensidad (no por casualidad se ha convertido en una de las mayores estrellas del panorama baloncestístico mundial), sino que su lenguaje gestual es mas sosegado y, probablemente, no tenga la misma pasión por el baloncesto que otros.

Él compensa la falta de la ‘Mamba Mentality’ que pregonaba Kobe Bryant con una cantidad inconmensurable de talento y una inteligencia en la pista a la altura de organizadores de juego como John Stockton o Steve Nash. Cada vez que el balón pasa por sus manos parece que vaya a tomar la decisión correcta, todo con una calma y sangre fría espeluznantes.

En ese sentido (ya que en la forma de jugar son muy distintos) me recuerda algo a Tim Duncan. Jokic es la clase de jugador del que no me sorprendería no saber nada desde el momento en que se retire y dé su discurso de ingreso al Salón de la Fama (siempre y cuando no le coincida con una carrera de caballos).

También guarda cierta similitud con el histórico de los Spurs por el alcance de su palmarés (salvando las distancias, a Jokic le queda mucha carrera y mucho que ganar para acercarse al de las Islas Vírgenes), que con tan solo 28 años lo coloca entre los mejores de la historia del deporte.

Dos MVP de temporada regular (podrían haber sido tres, de no ser por Joel Embiid y la fatiga de voto), un anillo de campeón y un MVP de las finales son sólo algunos de los galardones que ha logrado en ocho temporadas en la mejor liga de baloncesto del mundo. Y no sólo eso, sino que lo ha hecho logrando números jamás vistos para un jugador de su posición (25 puntos, 12 rebotes y casi 10 asistencias por encuentro durante la temporada regular).

También cabe destacar su progresión con el paso de los años, ya que llegó como un desconocido y algo pasado de peso a la NBA. Poco a poco, ha perfilado su físico para ganar en agilidad, creciendo también como jugador hasta convertirse en la máquina perfectamente engrasada e increíblemente eficiente que es hoy en día.

Este crecimiento, sumado a la maduración progresiva de los actores de reparto de la plantilla de los Nuggets, ha permitido que los naufragios en postemporada de años pasados hayan quedado en el olvido. Ya tienen un anillo, y habrá que ver cómo se presenta el panorama de la liga en los próximos años, pero estoy seguro de que volverán a por más, bajo la batuta del bueno de Nikola Jokic.

El que fuera elegido con el pick 41 del draft de 2014 (mientras la televisión nacional americana mostraba un anuncio de Taco Bell), quien también empezó a jugar baloncesto organizado con 17 años y prefiere ver a sus caballos que celebrar un anillo de campeón, seguirá demostrando su talento en los mayores escenarios que el baloncesto tiene que ofrecer.

Imagen principal: @nuggets.


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