A nadie le gustan los parones internacionales. Frenan el fútbol de clubes por partidos que el aficionado medio no sabe para lo que son. Interrumpen la emoción de los campeonatos en el momento cumbre de la temporada. Arrastran jugadores al otro lado del mundo para jugar partidos trampa e innecesarios en medio de un calendario que no puede comprimirse más. Juegan a cargar piernas de actores que piden la hora y que, comprensiblemente, tienen la cabeza en lo que se juegan con su pan de cada día en cuanto vuelvan. 

El inoportuno parón de selecciones corta el rollo en la lucha por la liga. Justo en lo más interesante. Un virus crónico, el FIFA, el más temido. No suele traer nada bueno. España ha realizado dos partidos muy pobres ante Grecia y Georgia. No ha merecido ganar ninguno de los dos. Un equipo plano, desnudo en las contras, sin profundidad, sin pases que rompan líneas, demasiado horizontal. El mejor de los dos partidos, de largo, Jordi Alba, el único al nivel exigido.

Los compromisos de clasificación para los grandes torneos cobran una sensación de irrelevancia muy peligrosa. Quizá porque el ambiente da pie a ello. España rozó el desastre en Tiflis, un tropiezo que hubiese complicado mucho la clasificación directa para el Mundial de Qatar. Los de Luis Enrique salvaron el ‘matchball’, pero la sensación es que España puede perder contra cualquiera y en cualquier momento. No tiene jugadores en su mejor momento que decidan partidos en las áreas. No es favorita para los grandes torneos. Vive atrapada en un proceso de reconstrucción que ya dura una década.

La FIFA carga el calendario de encuentros al cuadrado contra rivales incómodos de poco aliciente que, como le ha pasado a España, te pueden complicar la vida, porque los jugadores no tienen la cabeza en esto, y porque a muchos ya no les da. Partidos con aire de amistoso en los que ni siquiera hay VAR para ratificar goles en los que pueden estar la presencia o no en un Mundial. Una vuelta a los tiempos donde los árbitros tenían la presunción de error humano y donde la máquina no te aportaba lo mejor de ella, aquello en lo que precisamente ellos no intervienen, las jugadas de cálculo, de matemáticas.

Episodios como el (no) gol de Cristiano Ronaldo a Serbia le quitan emoción a estos trámites oscuros y denotan que, ni siquiera para la FIFA, estos parones importan, porque no ponen todas las herramientas a disposición de sus encuentros. Ganad a Kosovo y que vuelva ya el fútbol de clubes. Los parones de selecciones molestan, y mucho.


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