Es habitual que en cada torneo internacional, ya sea a nivel de selecciones o de club, un equipo que a priori apuntaba a ser uno más en el transcurso de la competición termine alzándose como el simpatizante general de todos los aficionados. Se me vienen a la cabeza casos como el de Islandia en la Eurocopa de Francia 2016, Croacia en el Mundial de Rusia 2018 o el Málaga en la edición de la Champions de 2013.

Todos estos equipos alcanzaron cotas que nadie imaginaba y se ganaron el apoyo colectivo porque en la naturaleza del ser humano, y más aún en el deporte, está el alentar al más débil frente a la dificultad de su hazaña. En esta Eurocopa que ya toca a su fin, Dinamarca ha cumplido el rol de ser el equipo del pueblo.

La selección danesa, al igual que los otros tres combinados nacionales que han alcanzado las semifinales de Wembley, disputó sus tres partidos de fase de grupos frente a su gente, en el Parken Stadion.

Un equipo muy atractivo y con un buen trato de balón que, espoleado por un estadio repleto de pasión, experimentó un episodio trágico con el desvanecimiento de Christian Eriksen en el primer encuentro que nos dejó a todos con el alma en vilo y que afortunadamente quedó en un susto. Incomprensiblemente, el partido se reanudó esa misma tarde y su resultado fue lo de menos.

Tras no poder aguantar el tirón frente a Bélgica, el último choque de la fase de grupos frente a Rusia marcó un punto de inflexión. La contundente victoria por 4-1 catapultó a Dinamarca a los octavos de final por la vía rápida y presentó frente al mundo entero a dos de las sensaciones de este torneo, Damsgaard y Maehle, que a buen seguro aumentarán su cotización en el presente mercado de fichajes.

Aquella noche la rabia acumulada por no haber puntuado hasta el momento y terminar sellando la clasificación explotaron en una tremenda celebración en las gradas con cada tanto danés en la que volaban los vasos de cerveza con un público entregado a la causa, también desde casa e independientemente de la nacionalidad. Ya todos éramos de Dinamarca.

Dinamarca mantuvo su sensacional estado de forma en los siguientes dos enfrentamientos y confirmó su candidatura alcanzando unas semifinales con las que nadie contaba al principio del torneo. A las puerta de la final aguardaba Inglaterra en Wembley, un escenario hostil para tratar de derribar el muro de los favoritos y más si cabe aún que todo el que no fuese inglés apoyase al conjunto de Kasper Hjulmand.

La realidad es que Southgate se impuso en su particular partida de ajedrez e Inglaterra buscó y mereció más la victoria, aunque el destino le tenía guardada a Dinamarca la despedida más cruel posible con un penalti inexsistente que acabó con el sueño de todo un país.

Peor que cualquier precedente imaginable porque pareció que volvimos a los tiempos en los que la tecnología no había llegado a este deporte. Un error injustificable que alimenta cualquier teoría conspiranoica en cuanto a los intereses de que la anfitriona salga campeona.

Dinamarca y la gente está orgullosa de lo que ha representado esta selección durante todo el torneo y como muestra de ello está el reconocimiento internacional tanto de la labor realizada sobre el verde como de la fortaleza mental mostrada frente a cualquier adversidad.

Si desgraciadamente hay algo que tienen en común la mayoría de los equipos del pueblo en este tipo de torneos es que acaban cayendo derrotados y este caso no ha sido la excepción, pero si algo hace grande a este deporte es precisamente disfrutar de equipos como Dinamarca.


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